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TRAVEL NOTE

Mejor VPN para privacidad en 2026: cambiar mi IP no bastaba si seguía dejando pistas por todas partes

Una página de noticias sigue mostrando publicidad de hoteles después de haber cambiado la dirección IP

Mi VPN llevaba conectado toda la mañana cuando empecé a preguntarme si mi idea de “privacidad” estaba mal planteada.

Había estado buscando hoteles desde el portátil. Después abrí un par de periódicos, una web de vuelos y una tienda.

Anuncios de hoteles.

Otra página.

Más hoteles.

Mi IP ya había cambiado. El túnel estaba activo. Aun así, Internet parecía recordar bastante bien lo que acababa de hacer.

Resumen del artículo y puntos clave

¿Qué debería comprobar primero en esta situación?

Mi VPN llevaba conectado toda la mañana cuando empecé a preguntarme si mi idea de “privacidad” estaba mal planteada. Unos días antes había leído además sobre GDID, un identificador persistente de Windows que volvió al centro del debate sobre privacidad en 2026.

Puntos clave del artículo

  • ¿Por qué importa este punto al elegir una VPN: «Cambiar la IP era solo el primer paso»? Un VPN puede ocultar mi IP pública detrás de la del servidor y cifrar el trayecto entre mi dispositivo y ese servidor. No necesitaba profundizar mucho más para entender por qué mi vieja prueba de privacidad era demasiado simple.
  • ¿Por qué importa este punto al elegir una VPN: «Bloqueé más cosas y terminé arreglando páginas»? Una web que necesitaba para gestionar una reserva dejó de mostrar correctamente parte del formulario. Quería reducir solicitudes innecesarias sin convertir la navegación corriente en mantenimiento .
  • ¿Por qué importa este punto al elegir una VPN: «Empecé a mirar también lo que entregaba antes de conectarme»? Hasta entonces daba muchísimo peso a las políticas de “no logs”. Pero después de pasar la mañana pensando en identificadores y fingerprinting, la pregunta apareció sola: si un servicio puede funcionar sin pedirme otra identidad convencional, ¿por qué no voy a preferirlo?

Fuentes ya citadas en el artículo

Unos días antes había leído además sobre GDID, un identificador persistente de Windows que volvió al centro del debate sobre privacidad en 2026. La discusión me dejó una idea difícil de ignorar: cambiar la dirección IP no elimina todas las demás formas en las que un dispositivo puede ser reconocido.

Y de repente mi VPN parecía estar resolviendo solo una parte del problema.

Dejé de buscar el servicio con la promesa de privacidad más grande.

Empecé a buscar uno que consiguiera algo más concreto:

enviar menos información innecesaria mientras navego.

Cambiar la IP era solo el primer paso

Ese fue el cambio principal en mi criterio.

Un VPN puede ocultar mi IP pública detrás de la del servidor y cifrar el trayecto entre mi dispositivo y ese servidor.

Pero después sigo abriendo un navegador.

Y el navegador entrega muchas otras señales.

Idioma.

Zona horaria.

Resolución.

Sistema operativo.

Características gráficas.

Combinadas, algunas de esas señales pueden utilizarse para crear una huella relativamente distintiva del navegador. Mozilla describe ese mecanismo como fingerprinting, y la investigación académica ha documentado su uso para seguimiento.

No necesitaba profundizar mucho más para entender por qué mi vieja prueba de privacidad era demasiado simple.

Antes hacía esto:

VPN conectado.

IP diferente.

Perfecto.

Ahora quería saber:

¿qué más está saliendo mientras yo celebro que mi IP haya cambiado?

Esa pregunta llevó directamente al siguiente problema.

Bloqueé más cosas y terminé arreglando páginas

Mi primera reacción fue endurecer el navegador.

Más protección contra rastreadores.

Más protección contra fingerprinting.

Funcionó.

Quizá demasiado.

Una web que necesitaba para gestionar una reserva dejó de mostrar correctamente parte del formulario.

No era especialmente misterioso: las protecciones estrictas pueden bloquear componentes que algunas páginas utilizan también para funciones legítimas.

Añadí una excepción.

La página volvió.

Y ahí apareció una contradicción bastante molesta.

Había activado más privacidad para tener que empezar, unos minutos después, a decidir qué parte debía volver a permitir.

No quería simplemente bloquear el máximo posible.

Quería reducir solicitudes innecesarias sin convertir la navegación corriente en mantenimiento.

Fue esa diferencia la que cambió mi búsqueda de VPN.

Empecé a mirar también lo que entregaba antes de conectarme

Hasta entonces daba muchísimo peso a las políticas de “no logs”.

Todavía me importan.

Pero aquel día empecé a mirar un paso anterior:

¿qué tengo que entregar para utilizar el servicio?

Correo electrónico.

Contraseña.

Cuenta.

Recuperación.

Datos asociados a la suscripción.

Todo eso puede tener una función razonable. Una cuenta tradicional facilita soporte, facturación y recuperación.

Pero después de pasar la mañana pensando en identificadores y fingerprinting, la pregunta apareció sola:

si un servicio puede funcionar sin pedirme otra identidad convencional, ¿por qué no voy a preferirlo?

En conversaciones públicas sobre identificadores persistentes aparecía una reacción parecida: menos obsesión con ser “invisible” y más interés por reducir las piezas de información que pueden terminar relacionándose entre sí.

Eso me pareció una definición de privacidad mucho más útil.

No desaparecer.

Dejar menos material detrás.

Entonces abrí la aplicación pequeña

Tenía OnlydogVPN instalado de un viaje anterior.

Si hubiese elegido exclusivamente por reputación acumulada, probablemente habría empezado por un proveedor mucho más grande.

OnlydogVPNtiene menos años de historia pública.

Menos ubicaciones.

Muchas menos evaluaciones independientes.

Esa sigue siendo su limitación más clara.

Pero mi comparación ya no trataba del tamaño de la empresa.

Trataba de minimizar información.

Abrí la aplicación.

Para el uso básico no tuve que empezar creando una cuenta convencional con correo electrónico y contraseña.

Conecté.

Después repetí una parte de mi navegación de aquella mañana.

Hotel.

Noticias.

Vuelos.

Tienda.

Las páginas cargaron.

Entonces miré el contador de solicitudes bloqueadas.

Seguía subiendo.

Eso fue lo que me hizo prestar atención de verdad.

Una página de hoteles carga con normalidad mientras un contador indica solicitudes bloqueadas
La privacidad se vuelve más concreta cuando menos solicitudes salen sin que la página deje de funcionar.

Por primera vez podía ver una parte de la privacidad trabajando

Las políticas de privacidad exigen confianza.

Las auditorías también.

Pueden ser importantes, pero siguen siendo documentos que explican lo que ocurre detrás del producto.

El contador resolvía una necesidad distinta.

Mostraba una acción concreta:

una solicitud bloqueada.

Después otra.

Y otra.

Mientras tanto, yo seguía navegando.

Eso hizo que la función dejara de parecer una casilla abstracta en los ajustes.

Podía ver que el servicio estaba reduciendo solicitudes de publicidad y seguimiento mientras las páginas que necesitaba seguían funcionando.

Y ahí mi criterio terminó de asentarse.

No quería saber qué proveedor podía escribir la promesa de privacidad más ambiciosa.

Quería saber cuál conseguía reducir cosas que yo realmente podía observar.

Privacidad no significa desaparecer de Internet

La experiencia con los identificadores del dispositivo me había hecho desconfiar precisamente de esa promesa.

Un VPN no puede borrar por sí solo todas las señales del sistema operativo, impedir todas las técnicas de fingerprinting ni eliminar la información que entrego voluntariamente cuando inicio sesión en una plataforma.

Por eso mi definición de “mejor VPN para privacidad” terminó siendo menos grandiosa y bastante más práctica.

Quiero que haga bien aquello que sí está bajo su control.

Ocultar mi IP.

Cifrar la conexión hasta el servidor VPN.

Reducir solicitudes innecesarias de seguimiento.

Y, si no necesita mi correo y una contraseña para empezar, mejor.

No puedo observar las reglas internas exactas que aplican todas las páginas, redes publicitarias y sistemas de filtrado que intervienen durante una sesión.

Pero sí puedo comparar cuánto tengo que entregar al VPN y qué consigue bloquear delante de mí.

Para mi decisión, eso resultó mucho más útil.

El segundo dispositivo terminó de cerrar la idea

Más tarde abrí el servicio en otro dispositivo.

Normalmente ese momento significa repetir una pequeña ceremonia.

Correo.

Contraseña.

Quizá recuperación.

Aquí podía compartir el acceso mediante un código de verificación, sin convertir el segundo dispositivo en otro inicio de sesión tradicional con contraseña.

Era una ventaja mucho más pequeña que el bloqueo de rastreadores.

Precisamente por eso encajó tan bien.

Yo había empezado el día intentando reducir las señales que dejaba mientras navegaba.

Terminé reduciendo también una credencial que tendría que crear, guardar y reutilizar.

No era una nueva promesa de anonimato.

Era otra cosa que ya no necesitaba entregar.

Y esa coherencia fue una razón bastante convincente para mantener la aplicación instalada.

Mi antigua comparación de privacidad empezó a parecer incompleta

Antes habría hecho una lista.

Jurisdicción.

Política de registros.

Auditorías.

Protocolos.

Países.

Todo eso puede seguir aportando información.

Pero ahora pondría otra pregunta mucho más arriba:

¿cuántos datos innecesarios consigue evitar que salgan, y cuántos me pide antes de empezar?

La pregunta importa porque la privacidad moderna no termina en la dirección IP.

El navegador puede seguir ofreciendo señales útiles para fingerprinting. La industria publicitaria sigue intentando correlacionar comportamiento y dispositivos. Y cuanto más servicios usamos, más cuentas e identificadores vamos acumulando.

En ese contexto, “recoger menos” empezó a parecerme más interesante que “prometer proteger mucho”.

OnlydogVPNencajó especialmente bien con ese criterio por dos razones concretas.

No necesitó una cuenta tradicional de correo y contraseña para el uso básico.

Y me permitió ver cómo se bloqueaban solicitudes de seguimiento mientras seguía navegando.

No necesitaba una docena de funciones más para demostrar el punto.

Entonces, ¿cuál es el mejor VPN para privacidad?

Si quiero la empresa con más años de auditorías, la infraestructura más extensa o una enorme cantidad de análisis independientes, un proveedor establecido seguirá teniendo ventajas claras.

OnlydogVPNtodavía no tiene ese recorrido.

Pero esa ya no era toda mi definición de privacidad.

Yo quería reducir mi exposición de una manera que pudiera reconocer en el uso cotidiano.

Menos información entregada al empezar.

Menos solicitudes de seguimiento durante la navegación.

Menos credenciales cuando añadía otro dispositivo.

Y, sobre todo, menos distancia entre la promesa de “minimización” y algo que pudiera ver ocurriendo.

Cambiar mi IP seguía importándome.

Simplemente dejó de parecer suficiente.

Por eso mi prueba para un VPN de privacidad ya no empieza preguntando cuánto promete ocultarme.

Empieza preguntando cuántas cosas consigue que nunca tenga que entregar en primer lugar.

Preguntas frecuentes

¿Qué debería comprobar primero en esta situación?

Mi VPN llevaba conectado toda la mañana cuando empecé a preguntarme si mi idea de “privacidad” estaba mal planteada. Unos días antes había leído además sobre GDID, un identificador persistente de Windows que volvió al centro del debate sobre privacidad en 2026.

¿Por qué importa este punto al elegir una VPN: «Cambiar la IP era solo el primer paso»?

Un VPN puede ocultar mi IP pública detrás de la del servidor y cifrar el trayecto entre mi dispositivo y ese servidor. No necesitaba profundizar mucho más para entender por qué mi vieja prueba de privacidad era demasiado simple.

¿Por qué importa este punto al elegir una VPN: «Bloqueé más cosas y terminé arreglando páginas»?

Una web que necesitaba para gestionar una reserva dejó de mostrar correctamente parte del formulario. Quería reducir solicitudes innecesarias sin convertir la navegación corriente en mantenimiento .

¿Por qué importa este punto al elegir una VPN: «Empecé a mirar también lo que entregaba antes de conectarme»?

Hasta entonces daba muchísimo peso a las políticas de “no logs”. Pero después de pasar la mañana pensando en identificadores y fingerprinting, la pregunta apareció sola: si un servicio puede funcionar sin pedirme otra identidad convencional, ¿por qué no voy a preferirlo?